Cuando en un país hay diferencias marcadas entre ricos y pobres, hay discriminación social hacia estos últimos. Entonces, los niños creen que los discriminan por la ropa y comienzan a robarle las zapatillas a otro niño, o la bici, o el saco. Luego, se da cuenta que a pesar del saco y las zapatillas, lo siguen discriminado en la escuela y en el colectivo (cuando agarran la cartera fuerte porque él está al lado).

Intenta trabajar y lo único que consigue es venta domiciliaria o en oficios varios, pero con eso todavía es más discriminado, le cierran la puerta en la cara o no lo atienden. Y comienza a peregrinar por los miles de trabajos informales hasta que se enferma el alma y comienza a drogarse, para ver si siente algo lindo en la vida. Y comienza a andar el camino del delito. Primero un estéreo, luego un arrebato y se siente Gardel cuando le lleva a sus hermanos y a mamá, un regalo. Luego va creciendo como delincuente y los mayores en el ramo le van proponiendo alianzas. Por lo general no van a la escuela. En las cárceles, sólo el 3% de los jóvenes han ido a la escuela.

Y la sociedad se tapa los ojos y pide que se los condene a más años o a la muerte. Eso sí me asusta, porque quienes fueron a la escuela y a la universidad, tienen tanta o más violencia en sus almas que los delincuentes Y artistas que les robaron autos a discapacitados, salen a pedir que les corten las manos.

Creo que antes de pensar en aumentar los años de prisión o de subir o bajar la edad, hay que crear Instituciones Escolares sin salida. Una especie de cárceles-escuela. Pienso que ningún menor debe quedar libre, porque se pone en peligro no sólo a la sociedad en general sino al propio menor. Los años de permanencia serán los de su rehabilitación, con exámenes tomados por el ministerio de Educación, con testimonio de ciudadanos comunes. Y no saldrá de allí, sin título de bachiller y sin trabajo. Bien puede el Estado tomarlo en algún equipo de saneamiento ambiental, constructora, etc.